Vulnerabilidad y migración

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La migración constituye uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Millones de personas viven en condiciones de pobreza, inseguridad, falta de oportunidades o ausencia de expectativas de futuro. Es entendible que muchos seres humanos decidan abandonar su tierra para buscar una vida digna.

Si observamos la relación entre Europa y África, advertimos una enorme desigualdad económica y social que explica, en gran medida, los movimientos migratorios actuales. Quien nace en un país desarrollado dispone de oportunidades educativas, sanitarias y laborales muy superiores a las de quien nace en zonas profundamente empobrecidas. Esta diferencia genera una situación de vulnerabilidad que empuja a muchas personas a emigrar.

Desde mi punto de vista, resulta completamente lógico que quien vive en condiciones extremadamente difíciles aspire a encontrar un lugar donde pueda desarrollar una vida sin pobreza. Sin embargo, también es evidente que ningún país puede resolver por sí solo las desigualdades mundiales mediante la acogida ilimitada de personas. Nos encontramos, por tanto, ante un problema complejo, sin soluciones simples o mágicas.

Pienso que una parte esencial de la solución pasa por aumentar la cooperación internacional y el apoyo económico a los países más pobres, especialmente en África. La creación de empleo, la mejora de la educación, el fortalecimiento de los sistemas sanitarios y el desarrollo de infraestructuras podrían permitir que muchas personas vivieran en sus propios países, si así lo desean, que suele ser, por otra parte, el deseo de la mayoría de los seres humanos: vivir cerca de su cultura, su familia y su comunidad.

La migración no debería ser una obligación derivada de la pobreza o de la desesperación, sino una posibilidad libremente elegida.

EL filósofo Joseph Carens es probablemente el defensor más conocido de una posición favorable a las fronteras abiertas. Carens sostiene que las restricciones migratorias protegen privilegios derivados del azar del nacimiento: quien nace en un país rico disfruta de oportunidades que se niegan a quien nace en un país pobre. Desde esta perspectiva, las fronteras funcionan como barreras injustas que limitan la igualdad moral entre las personas.

Mi posición coincide con Carens en reconocer la enorme desigualdad mundial y la vulnerabilidad de muchos migrantes. Considero que el problema exige también tener en cuenta la capacidad real de acogida de las sociedades. Hace falta actuar sobre las causas de la emigración.

En un sentido distinto, David Miller es un filósofo político británico que defiende que los Estados tienen un derecho legítimo a controlar sus fronteras. Para Miller, las comunidades políticas tienen intereses razonables en preservar su tamaño, sus instituciones y determinados aspectos de su identidad colectiva. Ello no significa rechazar toda migración, sino regularla de acuerdo con criterios de justicia y responsabilidad. Miller reconoce, además, obligaciones especiales hacia los refugiados y las personas perseguidas.

Mi planteamiento se encuentra más próximo a esta posición intermedia: reconocer la vulnerabilidad de quienes emigran sin ignorar las limitaciones y responsabilidades de los Estados.

Seyla Benhabib propone repensar la soberanía estatal en un mundo cada vez más interdependiente. Considera que las democracias deben compatibilizar el control de las fronteras con el respeto a los derechos humanos y con formas más inclusivas de ciudadanía.

Étienne Balibar ha insistido en la necesidad de construir una ciudadanía más abierta y flexible, adaptada a sociedades multiculturales y globalizadas. Para Balibar, las migraciones son un fenómeno estructural de nuestro tiempo y no pueden entenderse únicamente como un problema político o administrativo, sino también como una cuestión de justicia y convivencia.

Sarah Fine adopta una posición analítica y crítica. No se limita a defender fronteras abiertas o cerradas, sino que examina cuidadosamente los argumentos de ambas posiciones y señala la necesidad de considerar las injusticias históricas y las desigualdades globales que están detrás de muchos movimientos migratorios.

Thomas Nagel, por su parte, ha reflexionado sobre la tensión entre nuestras obligaciones universales hacia todos los seres humanos y las responsabilidades especiales que mantenemos hacia nuestros conciudadanos. Este conflicto ético resulta particularmente visible en el debate migratorio: debemos preocuparnos por quienes sufren, pero también debemos considerar las responsabilidades de las comunidades políticas concretas.

La respuesta más razonable parece consistir en combinar diversas estrategias: cooperación internacional, ayuda al desarrollo, acogida de refugiados, regulación ordenada de los flujos migratorios y fortalecimiento de las oportunidades en los países de origen. Solo así la migración dejará de ser para muchos, una necesidad impuesta por la vulnerabilidad y podrá convertirse en una elección libre y verdaderamente humana.

Considero que ante la bajada de la natalidad en España es evidente que los migrantes que entran legalmente colaboran en el sostenimiento de los servicios públicos. Se trata de comprobar de una forma minuciosa los motivos y situaciones de cada persona migrante que pretende entrar en Europa. De este modo, los migrantes que entren en los países europeos lo harán por motivos y razones justificadas. De eso se trata. Está también la cuestión de los refugiados que merecen también un trato especial de protección. Se puede aducir que esto es muy difícil de aplicar en la realidad, pero es posible con más personal y fuerzas de seguridad.

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