La historia demuestra que las naciones no siempre pierden posiciones después de una guerra. Algunas veces las pierden intentando evitarla. En 1938, Europa creyó que cediendo ante las exigencias de un vecino cada vez más ambicioso, la Alemania nazi, compraría tranquilidad. Aquella estrategia pasó a la historia con un nombre: política de apaciguamiento.
Salvando las enormes distancias históricas, aquella experiencia dejó una enseñanza que continúa vigente: cuando un Estado descubre que presionar funciona, lo lógico es que vuelva a presionar.
Y España debería preguntarse si no está cayendo precisamente en esa trampa con Marruecos.
En mayo de 2021, alrededor de 9.000 personas entraron irregularmente en Ceuta después de que Marruecos relajara sus controles fronterizos. El propio Parlamento Europeo denunció entonces la utilización de la inmigración y del control fronterizo como instrumento de presión política contra España.
¿Y cuál fue nuestra respuesta?
En marzo de 2022, Pedro Sánchez cambió la histórica posición española sobre el Sáhara Occidental, respaldando la propuesta marroquí de autonomía como la base "más seria, realista y creíble" para solucionar el conflicto. Se nos aseguró que comenzaba una nueva etapa de estabilidad, cooperación, seguridad y control migratorio.
Cuatro años después, volvemos a Ceuta.
Y esta vez hay algo todavía más preocupante.
El CENIF de la Policía Nacional ya había advertido el 28 de julio, antes de la entrada masiva, de una posible relajación del control fronterizo marroquí como mecanismo de presión política. Posteriormente, su informe sobre los acontecimientos de los días 30 y 31 de julio describió indicios de planificación y actuaciones de agentes marroquíes durante el desplazamiento de personas hacia los puntos fronterizos.
Por tanto, la pregunta resulta inevitable:
¿Qué sabía el Gobierno antes del 30 de julio y qué hizo con esa información?
Pero existe otra todavía más grave:
¿Por qué parece preocupar más rebajar el alcance de esos informes que exigir explicaciones contundentes a Marruecos?
Porque esto ya no es solamente inmigración. Estamos hablando de fronteras, soberanía y seguridad nacional.
Marruecos mantiene históricamente sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. España, mientras tanto, ha realizado una de las mayores concesiones diplomáticas de las últimas décadas modificando su posición sobre el Sáhara. Y después de aquello cabe hacerse una pregunta muy sencilla: ¿qué hemos recibido realmente a cambio?
Porque si después de las concesiones seguimos dependiendo de que Marruecos abra o cierre el grifo migratorio, quizá aquello que se presentó como una nueva etapa de cooperación haya terminado convirtiéndose en una peligrosa relación de dependencia.
Y entonces aparece inevitablemente otra palabra: chantaje.
No podemos afirmar sin pruebas que exista un plan concreto de anexión de Ceuta y Melilla, pero España cometería una irresponsabilidad si ignorara las reivindicaciones marroquíes sobre ambas ciudades y no interpretara cada episodio de presión fronteriza dentro de ese contexto.
Por eso la visita de Felipe VI tiene una importancia que va mucho más allá de una fotografía institucional.
Tras semanas de polémica, Pedro Sánchez ha anunciado finalmente que el Rey viajará a Ceuta y Melilla "en las próximas semanas". Bienvenida sea la decisión. Pero cabe preguntarse: ¿por qué no inmediatamente? ¿Qué condiciones tenían que darse para que el jefe del Estado pudiera visitar dos ciudades españolas en uno de los momentos en que más necesitaban sentir el respaldo de España?
Felipe VI no debería viajar a Ceuta y Melilla para provocar a nadie. Debería hacerlo precisamente porque un Rey de España no necesita justificar su presencia en territorio español.
Esa fotografía tendría una enorme fuerza: el jefe del Estado, junto a los ceutíes y melillenses, recordando al mundo algo que nunca debería estar sujeto a negociación:
Ceuta y Melilla son España.
La historia del apaciguamiento dejó una lección incómoda. Las concesiones no siempre detienen las exigencias; algunas veces simplemente anuncian la siguiente.
En 2021 fue Ceuta. En 2022 llegó el giro sobre el Sáhara. En 2026 volvemos a Ceuta.
Pedro Sánchez debería explicar dónde está la línea roja de España.
Porque un Gobierno que teme incomodar a quien presiona sus fronteras corre el riesgo de transmitir exactamente el mensaje contrario al que debería transmitir.
En 1938 se creyó que cediendo se compraba tranquilidad.
La historia demostró después que cuando ceder se convierte en costumbre, presionar deja de ser una amenaza y se convierte en estrategia.
José García Martinez
