Puntadas bajo la Luz del Cristo

Autor:

Moisés S. Palmero Aranda

Puntadas bajo la Luz del Cristo

Educador Ambiental

El Cristo de la Luz ha bordado la vida y la muerte en un huerto de Dalías. Con delicadas y solemnes puntadas, entre aromas a nardos y azahar, ha dibujado un hola y un adiós, una sonrisa y una lágrima, una alegría y una pena para tejer un canto de esperanza que utilizaremos para celebrar y consolarnos, para recibir a Elliot el Risueño y despedir a Paco el Simpático.

Sus cuerpos no se conocieron, ni sus ojos se miraron, ni sus manos se tocaron, pero sus almas siempre estarán unidas en nuestros recuerdos, porque, mirando al azul, a la cruz, con las manos alzadas, los vimos jugar con los globos de colores, con los miles de cohetes, entre repiques de campanas y las alabanzas y cantos de ¡Viva el Cristo de la Luz!

Estoy seguro de que Paco se entretuvo todo lo que pudo con su sobrino biznieto mirando desde el pinar del Pecho Cuchillo que, a pesar de la falta de lluvias de este verano, ofrecía un brillo especial. Sentados, acompasando sus latidos al rumor del agua del arroyo de Celín, le fue explicando qué ocurría abajo en el valle para despertar sus sentidos.

Le enseñó a distinguir la silueta de la Iglesia, del Casino, de la Santa Cruz, de la tienda donde todos sus sobrinos lo recordaremos detrás del mostrador, haciendo cuentas infinitas con lápiz y papel. Le guio por las calles, plazas y callejones hasta las Cuerdas, donde en ese momento, como él, le estarían haciendo cosquillas en los pies para verlo sonreír. Recorrió la Carrera del Santo Cristo hasta la puerta de su casa, donde se alegró al ver los cartones sobre la acera para que nadie resbalase por la cera de las velas y al comprobar que Dolores con su pena no estaba sola.

Por un instante se quedaría pensando que no pudo despedirse de ella, y que tenía que hacerlo, para susurrarle que no tenga prisa, que se cuide, que él estará esperando para continuar su viaje por la eternidad, por los caminos de amor que marca el Cristo a todos los peregrinos que van a verlo, que se rinden ante él, que lanzan al viento su clamor. Pero un cohete y el llanto del pequeño lo devolverían al instante, al momento, a la realidad.

Entre palabras y arrumacos lo calmaría, para prevenirlo de que la noche se haría día, para enseñarlo a levantar las manos, a abrir un poco la boca, a reconocer con los ojos cerrados el momento de la bajada, de la levantá, de la salida y la entrada de la iglesia o las peñas que va visitando en su recorrido.

Pero habrá un momento especial cuando el Cristo, balanceándose, jugando con los cables de la luz, se detenga en su puerta, cuando las ruedas del callejón de la Plaza de los Olmos dejen el olor a pólvora en la calle, cuando con el humo aún flotando en el aire, una guitarra consiga con sus primeros acordes un silencio absoluto para escuchar el cante, los fandangos, las sevillanas que este año se sentirán como una soleá y que preceden a la lluvia de los pétalos blancos de miles de claveles. Y ahí le aconsejará que cierre los ojos, que recuerde esa mezcla de olores, sonidos y colores, porque serán los que un día le recuerden ese momento que están compartiendo.

Y tras el último cohete, con el eco del primer canto del año que viene, se despedirán para continuar sus caminos, contentos de haberse conocido, con un paño tejido en un huerto de naranjos y con el canto de esperanza bordado en el corazón: ¡Viva el Cristo de la Luz!, porque si canta, es de vida su canto; si llora, su llanto es de Gloria. Descansa en paz, tite. Elliot, prepárate y ajústate las gafitas de sol, comienza el rock and roll.

Puntadas bajo la Luz del Cristo - 1, Foto 1
Murcia.com