No me llames iluso porque tenga una ilusión

Autor:

Moisés S. Palmero Aranda. Educador Ambiental

No me llames iluso porque tenga una ilusión

"No me llames iluso porque tenga una ilusión" es la canción de La Cabra Mecánica que el otro día tarareaba mientras mi cabeza se debatía entre ver a España en Wembley y la manifestación-sentada-acampada en la Puerta del Sol por la crisis de la vivienda y el caso Maricarmen. Al final, apagué el opio, me quité la bufanda y monté la tienda de campaña en mi salón.

La ilusión es que la protesta vaya escalando con el paso de los días, que no se conformen con el decreto que debía estar firmado hace años, sino que, ya que han hecho lo más difícil, sacar a la gente a la calle, sigamos exigiendo medidas reales para evitar que ir al supermercado, a la gasolinera, al centro médico o a una escuela pública sean solo recuerdos de un tiempo en el que, aunque no lo fuésemos, nos creíamos libres y no esclavos, vasallos, números y objetos de usar y tirar; cuando nuestros jóvenes tenían sueños y esperanzas.

Que escale tanto que el gobierno tenga que proclamar elecciones, que en las urnas no se votase a ninguno de estos estafadores que mantienen el bipartidismo, que naciese un partido para aglutinar y defender la voz de la ciudadanía, que le votásemos en masa y resistiese las embestidas del sistema, de la geopolítica y los especuladores, capitalistas y neoliberales que dirigen nuestro país y el mundo. Que triunfase la revolución y que, por el clamor popular, se declarase la Tercera República, los perdedores aceptasen su derrota, sin recurrir a las armas y a la violencia, y pudiésemos vivir en paz.

Aunque me temo que de nuevo nos va a tocar perder y este 26S terminará como aquel 15M en el que creímos que seríamos capaces de alcanzar los cielos y terminamos tocando al timbre, prostituidos y derrotados por los que crearon y manejan el sistema, para 15 años después encontrarnos en peores condiciones sociales, con la incertidumbre mundial, oyendo bombas y cánticos de guerra, rodeados de fascistas y más viejos, cansados y desilusionados que entonces.

Porque a lo que asistimos el día del desahucio de Mari Carmen fue vergonzoso, el ejemplo palmario de que las leyes, los jueces, el capital y la policía no están para ayudarnos, están para someternos. Si nos arrodillamos por las buenas, nos consolarán con palmaditas en la espalda mientras nos roban y mienten diciendo que es por nuestro bien, que nos defenderán de los malos, ofreciéndonos limosnas para unos litros de diésel, o para comer un poco de carne una vez al mes.

Pero si protestamos y nos quejamos, no dudarán en mandar a sus secuaces, a los que cumplen las órdenes sin rechistar. Unos capaces de rodear y golpear a gente indefensa protegidos con un pequeño ejército, de destrozar la puerta con una radial, de impedir la entrada de los periodistas a base de palos. Otras, las que compran un piso con dinero público y tres meses después lo pretenden vender por 400.000 euros más, parapetadas tras la mesa de su despacho ofreciendo soluciones a toro pasado solo cuando la gente les increpa en las calles. Otros, excusándose en la venda y las manos atadas de la justicia, en su integridad para impartirla, cuando sabemos que la utilizan a su antojo si tienen alguna prebenda. Otros, los que multiplican por cinco los alquileres, ofendiditos, reclamando a sus amigos togados, porque se publican sus nombres personales y los llaman fondos buitre. Otros justificando desde sus púlpitos mediáticos a los que los mantienen echando mierda sobre una anciana de 87 años en silla de ruedas.

Pero tengo la ilusión de que entre estas jóvenes, y no tan jóvenes, del Sindicato de Inquilinas haya alguien que tenga memoria, que recuerde los errores que se cometieron y que no se deje engañar por cantos de sirenas, por promesas, caramelitos y pequeños logros. Que no escuche a los que tuvieron la oportunidad y no la aprovecharon; a los que terminaron perdidos en el camino, metiendo la mano en la caja, enredados en egos personales, interesados y cobardes. Que mantenga la cabeza fría y avive en nuestros corazones la llama de la revolución. Llamadme iluso, pero tengo la ilusión de que demuestren de una vez por todas que otro camino es posible.

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