El teatro de mi vida (y el tuyo también)

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El teatro de mi vida (y el tuyo también)

Esta mañana me he levantado con una idea que, aunque corriente, nunca antes me había detenido a mirar. La luz entraba por la ventana de una manera distinta y, de pronto, lo he visto claro: todos vivimos en lo que he empezado a llamar "El teatro de la vida".

No es una metáfora nueva. Shakespeare ya lo dijo. Pero hoy no me ha sonado a frase de libro, sino a verdad de andar por casa. Cada uno de nosotros tiene su propio proscenio, su propio escenario, su propia función. Y el actor principal, el que se lleva los focos y también los palos, eres tú. Soy yo.

Llevamos años trabajando con autores contratados desde tiempos remotos. Nuestros padres, nuestros maestros, la sociedad, las heridas del pasado… todos han escrito páginas de ese mamotreto que llevamos bajo el brazo. Y el ego, ese director un poco tiránico que todos tenemos dentro, se ha encargado de llevar las riendas.

Pero aquí viene lo importante: el mamotreto de tu vida no es lo que dicen que debes representar. Es aquello que tú eres y que debes representar. Esa diferencia separa una vida vivida de una vida representada por encargo.

Mientras desayunaba, he pensado en las personas que han pasado por mi escenario. Amigos que se unieron porque les gustó la obra. Otros que se acercaron buscando sacar algo: fama, interés, reconocimiento. Y los incondicionales, esos que no buscan los focos, que esperan pacientemente el papel que les corresponda, sabiendo que a veces les tocará brillar y otras sostener el decorado.

También están los usurpadores. Personas que no se conforman con actuar en su propio teatro y desean papeles importantes en el de los demás. Quieren dirigir tu obra, reescribir tu guion, ponerse tu vestuario. Y duele. Pero he aprendido que el actor principal debe defender su proscenio con firmeza y sin rencor: "este papel es mío, y el escenario también".

Con los años he descubierto algo que me costó aceptar: las obras se vuelven más individualistas. Ya no necesito el teatro lleno ni los focos girando sin parar. Ahora las obras se hacen desde la soledad, desde el recogimiento, desde esa angustia dulce y terrible que produce vivir de verdad. Es el precio de la madurez. Aun así, conservo a unos pocos actores imprescindibles: una pareja, hijos, amigos incondicionales que comparten conmigo sus valores cuando la escena se pone difícil.

Y luego está la platea. He visto de todo en las butacas: espectadores atentos que comprenden los silencios, aburridos que miran el reloj, el móvil, dormilones que vienen por inercia, maravillados que lloran de emoción, críticos que silban porque querían otra obra. Y he aprendido la lección más liberadora: el público es inabarcable, y su reacción no define la calidad de mi obra. He dejado de actuar para la platea. He empezado a actuar desde mi verdad.

Pienso ahora en cómo quedará el actor principal en sus últimos momentos, frente al espejo del camerino, cuando el ruido se haya apagado. Creo que sabré que he cumplido mi función si no he traicionado el guion, el sentido, si no me he guardado nada en los bolsillos del vestuario, si he amado, llorado y reído a pleno pulmón. Si al desmaquillarme descubro que, bajo el personaje, siempre fui el mismo.

El telón caerá. El escenario quedará a oscuras. Pero no sentiré miedo, porque habré descubierto que la luz no venía de los focos, sino de dentro de mí. No me llevaré el decorado ni los aplausos. Solo la experiencia de haberlo dado todo.

Así que hoy te pregunto: ¿cómo va tu obra? ¿Actúas para la platea o desde tu verdad? No te preocupes si no tienes todas las respuestas. El sentido se va revelando a medida que representas. Solo te pido una cosa: no te guardes nada. Da lo mejor de ti en el teatro de tu vida.

Que suba el telón. Tienes una obra maestra que representar.

Miguel Cuartero. Orientador Familiar

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