Un rey en Nueva York: el espejo de la política de hoy

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Un rey en Nueva York: el espejo de la política de hoy

En 1957 Charles Chaplin estrenó una comedia sobre un rey destronado que llega a Nueva York y descubre que su primer ministro se ha llevado el dinero. Casi setenta años después, cualquiera que siga la política actual tiene la sensación de estar viendo la película otra vez, con otros actores y otros decorados.

Cuando lo serio se vuelve espectáculo

El rey Shahdov llega con un proyecto serio: quiere defender el uso de la energía atómica para fines industriales y no para armas. Pero cuando intenta explicarlo, la conversación se desvía hacia sus dotes artísticas. Acaba contratado para la televisión y la publicidad. Lo que importa pasa a un segundo plano y lo que vende ocupa el primero.

Hoy ocurre algo parecido. Muchos debates políticos se parecen más a un concurso que a una discusión sobre cómo pagar las pensiones o reducir las listas de espera. Gana el que da la frase redonda, no el que presenta la mejor propuesta.

El miedo como herramienta

En la película, los políticos estadounidenses señalan a ciudadanos por sus ideas y los convierten en sospechosos. Chaplin lo vivió en carne propia: tras viajar a Londres en 1952 no pudo volver a Estados Unidos. La película no pudo verse allí hasta 1973.

La lección sigue vigente. Cuando el debate se reduce a poner etiquetas ("fascista", "rojo", "traidor"), se deja de hablar de lo importante. Etiquetar es más fácil que argumentar, y quien se asusta deja de preguntar.

El niño y las consignas

Rupert, el niño de diez años que interpreta Michael Chaplin, habla con aplomo de grandes ideas. Es una escena tierna, pero también una advertencia. ¿Cuántas veces repetimos lo que hemos oído sin comprobar si es cierto? Hoy, con las redes sociales, las consignas viajan más rápido que nunca y se confunden con las opiniones propias.

Quién se sacrifica

El rey pierde su fortuna por la deslealtad de otro y es él quien acaba trabajando para sobrevivir. Es la misma sensación que hoy tiene mucha gente cuando oye pedir sacrificios desde despachos donde nadie parece sacrificarse. Esto es opinión, no dato: la pregunta de quién paga la cuenta de las decisiones públicas sigue siendo la más importante que podemos hacer a quien pide nuestro voto.

Una salida sin rencor

Chaplin tenía motivos para la amargura, pero dijo que el país y su gente le seguían pareciendo grandes. Su crítica iba contra el miedo y la manipulación, no contra un pueblo. Esa es una buena guía para estos tiempos: exigir cuentas con firmeza, sin odiar, y votar o no votar sabiendo por qué.

Quizá por eso el rey de Chaplin sigue teniendo algo que decirnos.

Jose Antonio Carbonell Buzzian

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