En estos últimos meses se ha publicado en diferentes medios que Trump podría tener trastorno bipolar, incluso, avalado por expertos en psicología y psiquiatría.
Y es que cada vez que Donald Trump anuncia una medida para horas después matizarla o incluso contradecirla, surge la misma pregunta : ¿improvisa o sabe exactamente lo que hace? También se ha llegado a especular sobre su salud mental, pero a mí me parece un debate equivocado.
No soy médico, psicólogo ni psiquiatra, ni estoy capacitado para diagnosticar a nadie desde una columna de opinión, porque además de ser inapropiado, pienso que se desvía la atención de lo verdaderamente importante, y quizás sea ese el objetivo.
Mi impresión de Trump es que no actúa por impulsos, actúa por estrategia económica. Quien observe únicamente sus declaraciones verá contradicciones, y quienes observan los efectos de esas declaraciones y contradicciones encuentran la otra realidad : mercados que reaccionan a nivel global, empresas que modifican sus decisiones, inversores que se reposicionan y gobiernos que se ven obligados a responder.
Eso no es necesariamente improvisación, es más, puede ser una forma de negociación basada en la incertidumbre.
Trump no llegó a la política desde la Administración Pública, sino desde el mundo de los negocios donde consiguió amasar una impresionante fortuna, y ya desde su enorme ego aprendió que controlar el relato y alterar las expectativas puede convertirse en una poderosa herramienta de negociación, y esa misma lógica parece haberlo trasladado a la Presidencia de Estados Unidos.
En los mercados financieros, una sola frase pronunciada desde el Despacho Oval en la Casa Blanca puede mover miles de millones de dólares en cuestión de minutos, derrumbar mercados para días después subirlos vertiginosamente con ganancias de inversores con "información privilegiada".
Un anuncio sobre aranceles, una amenaza comercial o una rectificación pueden beneficiar a unos sectores y perjudicar a otros, y esa capacidad de alterar las expectativas otorga un enorme poder político y económico.
Por eso, el verdadero debate no debería centrarse en si Trump cambia de opinión varias veces al día o si es bipolar.
La pregunta relevante es otra : ¿quién gana y quién pierde con cada uno de esos movimientos? Como cualquier Presidente, Trump está sometido al escrutinio sobre posibles conflictos de intereses y en su caso, ese examen ha sido especialmente intenso debido a su prolongada trayectoria empresarial y a la notoriedad de su marca.
Corresponde a los organismos de control, a la justicia y al periodismo investigar si determinadas decisiones públicas generan beneficios indebidos para él, su familia o personas de su entorno. Y es verdad que las conclusiones deben basarse en pruebas, no en sospechas.
La política democrática exige precisamente eso : transparencia y rendición de cuentas, y sobre todo control, pues el problema aparecería si el poder público se puede utilizar para favorecer intereses privados, y eso lo vemos día sí y otro también en nuestro país con los diferentes casos de corrupción, aunque sea algo que debe demostrase con evidencias y no con sospechas, ya que la ciudadanía ya está cansada de estas triquiñuelas políticas.
