Quiero llamar la atención de los lectores sobre el desgraciado fenómeno que está sufriendo nuestro país desde que Pedro Sánchez accedió a la Presidencia del Gobierno, y en concreto, las personas que le damos vida a nuestra nación.
La deriva que está tomando España nos recuerda mucho a la desgraciada situación que se vive en Venezuela.
Los acontecimientos políticos y sociales que estamos presenciando desde hace años evocan lo que los venezolanos sufren y han sufrido.
Como les ha sucedido a tantos venezolanos, los españoles nos estamos convirtiendo en "hijos de la ira", como el título del poemario del gran poeta de la Generación del 27 Dámaso Alonso.
Una situación que cuando se instala hace que terminemos acostumbrándonos incluso a las desgracias.
Hemos sufrido un confinamiento ilegal y anticonstitucional a causa de una falsa pandemia, una erupción volcánica, una catástrofe como la Dana, un apagón, una crisis migratoria en Ceuta y dos accidentes ferroviarios mortales.
¡Perdónenme si me dejo algo! El problema es que las autoridades no siempre han estado a la altura de su responsabilidad de proteger a los ciudadanos, que son quienes en su mayoría pagan los impuestos para sostener los servicios públicos.
Pero lo peor es que tampoco presenciamos una verdadera asunción de responsabilidades, y nos acostumbramos a ello. Por no hablar, y no quiero dejármelo en el tintero, de las cifras de paro, del aumento del precio de los alimentos básicos y de la gasolina, fundamental para la actividad de muchas personas autónomas, que forman parte esencial del tejido empresarial y económico de nuestro país. Pagamos impuestos para que los políticos gestionen los recursos públicos, mejoren nuestra vida cotidiana y nos permitan desarrollar nuestra existencia con dignidad.
En lugar de luchar entre ellos, deberían esforzarse para que la sociedad dispusiera de oportunidades sociales y económicas que le permitieran prosperar y avanzar, ya que nosotros no les pagamos para que nos digan cómo vestir, cómo pensar o a quién adorar.
El país se deteriora mientras ellos parecen transformar la democracia en una especie de "gobierno de mierda", porque están más interesados en las redes sociales que en mirar más allá de nuestras fronteras.
Muchos políticos y gobernantes están tapando a conciencia la política vocacional. No es que yo sea fatalista, es que soy realista.
Existe una creencia bastante extendida según la cual el nombre de Venezuela nació como una denominación despectiva derivada de Venecia, y una de las explicaciones históricas más conocidas sitúa el origen del nombre en 1499, cuando una expedición encabezada por Alonso de Ojeda, en la que participaron Américo Vespucio y Juan de la Cosa, exploró las costas de la actual Venezuela.
Según esta interpretación, las viviendas indígenas construidas sobre pilotes de madera sobre el agua recordaron a los exploradores la ciudad italiana de Venecia.
A Vespucio le recordaron a la ciudad italiana de Venecia, y por ello, y por su original belleza, bautizó el lugar como Venezziola (pequeña Venecia).
Existen, sin embargo, otras hipótesis que relacionan el topónimo con las lenguas indígenas de la región.
En cualquier caso, no pretendo utilizar el nombre de Venezuela de manera despectiva, ya que me refiero al temor de acabar sufriendo situaciones semejantes a las que padecen los venezolanos.
Pero también quiero conservar la esperanza de que vuelva a salir el sol, tanto aquí como por los maravillosos mares, y que todos contribuyamos a retirar la suciedad que oculta la verdadera belleza de nuestro país : la solidaridad de sus gentes.
