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Una guía secreta de Murcia revela contradicciones de la sociedad del siglo XIX

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Por José Alberto Bernardeau

Murcia, 29 dic (EFE).- Una "Guía secreta de Murcia en el siglo XIX", que acaba de publicarse, revela las contradicciones de una sociedad con fuertes imperantes conservadores y católicos, en contraste con un mundo de tahúres y pillos dispuestos a burlar leyes y ordenanzas, y a proporcionar al pueblo llano diversiones, con la mujer como primer reclamo, frente a beatas reclamaciones al orden de los más pudientes.

Tomás García, Mariano Guillén, José Gerardo, María Luján, José Antonio Marín, Ricardo Montes, Manuel Muñoz y Jesús Navarro son los autores del trabajo, documentado en periódicos de la época y en fondos de archivos oficiales y bibliotecas, e ilustrado, editado por la "Fundación de Estudios Murcianos Marqués de Corvera".

El libro destaca la predilección de los murcianos de entonces por la mujer como objeto de diversión y alegría, tonadillera de cuplés en cafés cantantes, bailarina de teatros de "varietés" y reina de lupanares del mal disimulado secreto de la prostitución, con sus variantes en mancebías y en otros territorios ad hoc.

Pone también de manifiesto los vanos intentos de las autoridades del orden público por controlar la apetencia carnal, azuzadas por unos dirigentes provincianos y coreados por la prensa local, como un reglamento del Gobierno Civil de 1889 dictado para impedir, al menos, los más escandalosos manifiestos de la prostitución.

La ordenanza extendía la convencional reducción de la prostituta como buscona menesterosa a otras ejercientes teóricamente más serias como las "sirvientas", e incluso sacaba a ciertas "amas de casa" de su admitida y honrada condición para incluirlas en el elenco de las prostitutas, clasificadas en "amas de casa para recibir, y amas de casa con huéspedes".

En ambos casos, la ordenanza distinguía una primera y una segunda clase de damas, mientras que para todas fijaba el tope para ejercer hasta las 10 de la noche en invierno, y una hora más extra en verano.

En 1889, en la ciudad de Murcia estaban controlados 17 prostíbulos en los que trabajaban 150 mujeres, aunque el autor del estudio considera que los burdeles clandestinos eran el doble.

Se concentraban en la calles Villaleal, Cadenas y La Manga, y en otras de los barrios de San Juan y San Antolín. Intentos de ejercer al aire libre eran prohibidos cuando el número de prostitutas sobrepasaba las convenciones morales, como ocurrió con una calleja en los aledaños de la plaza de Los Gatos, que fue tapiada por el ayuntamiento.

Tentativas de pasear sus encantos por las calles más céntricas, como las de la Platería y de la Trapería, fueron denunciados de inmediato por la prensa, como fue el caso de "El Heraldo de Murcia", ya en 1902, cuando la Sevillana, el ama de un lenocinio de lujo de la calle Zambrana, se atrevió a llevar a sus pupilas a ver una función al teatro Romea.

Menos secretos, aparentemente, eran los cafés cantantes, a los que el libro dedica un capítulo, con referencias al del Muelle, de la Calle Honda y Comercio, en Cartagena; al del Granero, Plano de San Francisco, de La Feria, La Rambla, y de Oriente en Murcia; y al de La Unión, entre otros muchos. Todos ellos estaban caracterizados no sólo por su condición de focos musicales y corales, sino por ser lugar de encuentro de personas de todas las extracciones, incluidos los alborotadores y pistoleros, todos ellos fuentes de escándalo, habitualmente denunciados por la prensa.

Otros lugares referenciados en la "Guía secreta de Murcia en el siglo XIX" son los locales de "Varietes", con el denominador común de "usar el cuerpo femenino como elemento capaz de subir las cotizaciones del espectáculo", con mujeres ligeras de ropa entonando lo mejor de su repertorio con cuplés atrevidos, comúnmente "insolentes", cuando no "anticlericales".

El libro dedica otras secciones a describir aspectos de la sociedad murciana, y sus lacras, entre ellas las que la ocultación era condición indispensable para su ejercicio, En una de ellas se destacan las numerosas prensas de falsificación de billetes de banco y talleres troqueladotes de monedas repartidos por toda la región, tanto para su distribución local como para la exportación a otras provincias periféricas.

Para poner su moneda en circulación, estas cecas locales no sólo buscaban el amparo de lugares apartados de municipios como Alguazas y Moratalla, o pedanías, como Algezares, sino que lo hacían en la propia plaza de Camachos de la capital, lo que da una idea de la impunidad en la que se movían los estafadores y de la falta de dinero para aumentar la plantilla de la policía o de pagar los salarios de los alguaciles.

El autor del artículo explica, al respecto, la confusión creada por una Instrucción del Ministerio de Hacienda de 1870, de acuerdo con el cambio de sistema monetario impuesto dos años antes, por la que se ordenaba la retirada de diversas piezas de maravedíes y otras monedas fraccionarias, que, debido a que se mantuvieron en circulación por otros 16 años, facilitaron el trabajo a los falsificadores.

Muy unida al contrabando y al estraperlo, la actividad encontró socios distribuidores en los tratantes de ganado, corredores de productos agrícolas, constructores, carreteros y otros elementos adecuados para el trasiego popular, como las mujeres.

En el libro se constata una sociedad en transformación que, al pasar de una condición eminentemente agraria a otra comercial y tímidamente industrial, reniega de sus orígenes buscando lugares cerrados donde reunirse sus selectos miembros, distanciados de la plebe.

Fueron los inicios de los casinos, círculos y sociedades recreativas, todos ellos menos secretos aunque con algunas de sus actividades a cubierto, como los juegos de naipes. La escasa actividad política o crítica era desarrollada en reboticas de farmacias y barberías

Por su parte, los desheredados tenían que seguir recurriendo a espacios a cielo raso para regodearse, y cuando la sociedad trataba de protegerse de ellos iluminando con lamparillas y farolas los lugares donde se reunían, aquellos recurrían a las "pedreas" para librarse de las luminarias y poder volver a sus recónditos lugares de diversión, sin entradas ni cuotas de socios.

Otra de las secciones del libro pone de manifiesto otros secretos expresados a voces procedentes de la violencia social y las desdichas seculares, incluida una manifiesta violencia contra la mujer y los niños, infanticidios y abandonos de bebés.

Asimismo, analiza otras formas de delincuencia, en las que la miseria económica y educativa no quedaban ajenas, y la reacción de partidas de "labradores honrados" dando batidas para aniquilar a ladrones y criminales furtivos en la huerta, para llevarlos encadenados a las no menos secretas cárceles de la época. EFE

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