Cada año, al llegar el Domingo de la Santísima Trinidad, numerosos vecinos de Totana se reúnen en torno a una celebración que forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. La Eucaristía vespertina, la procesión por las calles del barrio de las Tres Avemarías y la presencia de los niños que han recibido su Primera Comunión, constituyen imágenes habituales de una jornada muy querida por todos los totaneros.
Sin embargo, existe una curiosa paradoja. Son muchos los totaneros que han participado en esta festividad desde su infancia, pero pocos conocen realmente el origen de esta devoción, o la razón por la que se celebra precisamente en la solemnidad de la Santísima Trinidad.
Comprender esa relación puede ayudarnos a descubrir una tradición mucho más rica de lo que pudiera parecer a primera vista.
El Domingo de la Trinidad: el centro de la fe cristiana.
La Iglesia celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad el Domingo siguiente a Pentecostés. No conmemora un acontecimiento concreto de la vida de Jesús, sino el misterio central de la fe cristiana: la existencia de un único Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la Trinidad constituye “el misterio central de la fe y de la vida cristiana”. Toda la vida de la Iglesia gira en torno a esta realidad: el bautismo se administra en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; la liturgia está impregnada de referencias trinitarias; y la señal de la cruz, tan familiar para los cristianos, es una continua profesión de fe en este misterio.
Por ello, la solemnidad invita a los creyentes a contemplar a Dios como una perfecta comunión de amor, origen y destino de toda la vida cristiana.
El origen de la devoción de las Tres Avemarías.
El origen de la devoción de las Tres Avemarías se remonta a la espiritualidad medieval.
La tradición sitúa el origen de esta devoción en el siglo XIII, vinculada a Santa Matilde de Hackeborn, religiosa benedictina alemana. Según relatan diversas fuentes de espiritualidad cristiana, la Virgen María le pidió que rezara diariamente tres Avemarías en agradecimiento por los dones excepcionales que había recibido de la Santísima Trinidad.
Cada una de esas oraciones tenía un significado concreto:
- La primera se ofrecía en honor de Dios Padre, agradeciendo el poder que había concedido a María.
- La segunda recordaba la sabiduría recibida del Hijo.
- La tercera honraba la misericordia y el amor con que el Espíritu Santo había colmado a la Virgen.
Con el paso de los siglos, esta sencilla práctica se extendió ampliamente gracias al impulso de santos como San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), San Juan Bosco (1815-1888) o San Pío de Pietrelcina (1887-1968).
Su éxito radicó en algo muy simple: cualquier persona podía rezar tres Avemarías al comenzar o terminar el día, convirtiendo una oración breve en una expresión de confianza filial hacia María.
Una devoción mariana que nace de la Trinidad.
Quizá el aspecto más desconocido de esta práctica sea que, en realidad, no nació únicamente para honrar a la Virgen.
Las Tres Avemarías surgieron como una acción de gracias a la Santísima Trinidad, por los dones concedidos a María. Por eso existe una relación tan estrecha entre esta devoción y el Domingo de la Trinidad.
En cierto modo, la festividad une dos grandes dimensiones de la espiritualidad cristiana: la contemplación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la admiración por la respuesta generosa de María al plan divino.
La propia Iglesia recuerda esta orientación en el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, donde se señala que toda auténtica devoción mariana, debe conducir a Cristo y ayudar a profundizar en el misterio de la salvación.
Así se entiende mejor por qué la celebración de las Tres Avemarías encuentra un marco especialmente apropiado en el Domingo de la Santísima Trinidad.
La devoción de las Tres Avemarías en Totana.
La devoción de las Tres Avemarías forma parte de la historia religiosa de Totana desde la llegada de los Padres Capuchinos a finales del siglo XIX. A lo largo de generaciones, esta práctica de piedad mariana fue difundida por los frailes, convirtiéndose en una de las expresiones devocionales más características de Totana.
Sin embargo, la celebración tal y como hoy la conocemos es relativamente reciente. Fue durante la primera mitad de la década de 1980 cuando comenzó a configurarse la festividad actual, coincidiendo con el Domingo de la Santísima Trinidad. Entre los impulsores de esta iniciativa destacó el padre Pedro Hernández Cañizares, junto a otros religiosos capuchinos que promovieron una nueva forma de vivir comunitariamente esta antigua devoción.
Desde entonces, la celebración ha ido consolidándose año tras año. La Eucaristía vespertina y la posterior procesión por las calles del barrio, se han convertido en el eje central de una jornada especialmente significativa para la comunidad parroquial.
Uno de los aspectos más llamativos de esta celebración es la implicación de los vecinos. Las calles por las que transcurre la procesión se adornan para la ocasión y muchas familias colaboran en los preparativos, contribuyendo a crear un ambiente festivo y acogedor que distingue esta jornada dentro del calendario religioso local.
De este modo, una devoción heredada de generaciones anteriores, encontró en los años ochenta una nueva expresión pública que ha llegado viva hasta nuestros días, gracias al compromiso compartido de religiosos y vecinos.
Los niños de Primera Comunión: el signo más visible de continuidad.
Uno de los rasgos más singulares de esta fiesta es la participación de los niños que han recibido la Primera Comunión durante ese mismo año.
Su presencia no responde únicamente a una cuestión estética o tradicional. Los niños que participan en la procesión representan la continuidad de la comunidad cristiana, y son un testimonio visible del compromiso de las familias de transmitir la fe a las nuevas generaciones.
Del mismo modo que muchos adultos recuerdan haber participado en esta procesión cuando eran pequeños, hoy son ellos quienes acompañan a sus hijos o nietos en la misma celebración, contribuyendo así a mantener viva una tradición que forma parte del patrimonio religioso, cultural y sentimental de Totana.
Para concluir: Mucho más que una celebración local.
Las Tres Avemarías constituyen hoy una de esas tradiciones, que ayudan a comprender cómo la fe se transmite de generación en generación. Detrás de la procesión, de las flores, de los cantos y de la participación de los niños existe una historia que conecta la espiritualidad medieval, la devoción mariana, la doctrina trinitaria de la Iglesia y la vida cotidiana de una comunidad concreta.
Quizá por ese motivo, esta celebración ha logrado mantenerse viva durante más de cuatro décadas. Porque no es solamente una costumbre heredada. Es también una forma de recordar quiénes somos, de dónde venimos y qué valores queremos transmitir a quienes vienen detrás.
Cada Domingo de la Trinidad, cuando las calles del barrio vuelven a llenarse de familias, niños y vecinos, Totana no solo celebra una fiesta religiosa. También renueva una pequeña parte de su propia historia, de su memoria colectiva y de una identidad compartida que ha sabido transmitirse de generación en generación.
