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Los vuelos a ninguna parte, una alternativa a los viajes en tiempos de pandemia

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Revivir experiencias nos hace sentir libres y experimentar placer

Los vuelos a ninguna parte, una alternativa a los viajes en tiempos de pandemia

Algunas compañías aéreas asiáticas están utilizando esta estrategia para compensar las afectaciones por la COVID-19

«No me di cuenta de lo mucho que había echado de menos viajar; eché de menos volar, hasta el momento en que la voz del capitán se escuchó en el altavoz con el anuncio de bienvenida y con las indicaciones de seguridad», dijo Nadzri Harif sobre su experiencia de 85 minutos en la compañía Royal Brunei Airlines. Este es uno de los testimonios de un pasajero de un «vuelo panorámico» —o «vuelos a ninguna parte»—, viajes en avión que salen y aterrizan en el mismo lugar solo al cabo de unas horas. «Venimos de una época con muchas restricciones y se han visto truncadas muchas de nuestras opciones de ocio, que son actividades gratificantes; una de ellas puede ser el hecho de coger un avión», afirma Sílvia Sumell, psicóloga y que ha sido profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC. «Cuando se añora una experiencia, volver a vivirla nos hace sentir mejor; el hecho de coger un avión, aunque sea para dar una vuelta y volver al mismo lugar, nos hace sentir libres y experimentar placer, si ya era una actividad que antes nos resultaba gratificante», añade.

Una opción más de consumo en tiempos de COVID-19

La COVID-19 ha condicionado y limitado el turismo, y las compañías aéreas se han visto considerablemente afectadas por ello. Sin embargo, parece que estos vuelos a ninguna parte son una opción más de consumo y ocio para una población que echa de menos volar. «El hecho de no haber podido ir de vacaciones o de no poder viajar como de costumbre puede generar el sentimiento de que no se han satisfecho estas actividades y, por lo tanto, estos vuelos a ninguna parte pueden convertirse en una actividad gratificante y divertida», detalla Sumell.

Esta alternativa la han puesto en marcha varias aerolíneas, como Royal Brunei Airlines (Brunei), EVA Air (Taiwán), All Nippon Airways (Japón) o Qantas (Australia). «Tengo mis serias dudas de que fuera viable una estrategia así en España», afirma Pablo Díaz, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC y experto en turismo. «La compañía que la lleve a cabo debe medir mucho el impacto positivo por la repercusión en los medios (adornada con una experiencia con valor añadido, por ejemplo, con un chef, un DJ o cualquier otro anzuelo), los ingresos por vuelos y la reactivación de aviones inmovilizados, frente a la posible mala imagen por prácticas excéntricas y contaminantes», advierte el experto en turismo.

Experiencias aéreas con más lujos

Casi todos los vuelos panorámicos tienen servicios de lujo: se ofrecen comidas locales y regalos, se buscan temáticas divertidas, se invita a cócteles y a pasteles de cumpleaños, si es el caso, y se dan explicaciones del capitán sobre los lugares que se sobrevuelan. El recorrido se hace de forma más baja para que los pasajeros puedan admirar las vistas, a la vez que disfrutan de una forma de volar diferente a la de antes y viven algo nuevo. «Aunque estos viajes no tienen un destino final, están pensados para ser menos estresantes que uno normal: no hay colas, son vuelos más relajantes, donde la persona se centra en otros estímulos, presta atención a aspectos que antes le pasaban por alto —las nubes, el paisaje o los colores— y le permite centrarse en sensaciones y emociones nuevas», detalla la psicóloga.

El precio de estos vuelos se mueve entre los 450 y los 2.400 euros por viaje. «Está claro que tener a los aviones y a la tripulación en tierra supone unos costes que pueden verse compensados en parte si estas iniciativas tienen un mínimo de aceptación, aunque peligra la propia imagen de la compañía desde el punto de vista ecológico», subraya Díaz.

«Es más conveniente considerarlo como una excentricidad que podría tener cierta repercusión mediática y cierto público ocasional, pero no como práctica regular», afirma Díaz. Sin embargo, la realidad es que la semana pasada la aerolínea australiana Qantas puso a la venta un vuelo de siete horas en el que se sobrevuelan diferentes zonas del país y los billetes se agotaron en menos de diez minutos. «Para una persona que viaja mucho, lo que más echa de menos es la propia experiencia de viajar, todo lo que puede conllevar; no tanto el viaje en sí, sino el hecho de entender el vuelo como una parte emocionante de la experiencia del viaje», explica Sumell.

¿Y la conciencia ambiental?

Pero esta práctica tiene una doble cara y un alto impacto ecológico, puesto que los vuelos de aviación comercial son uno de los transportes más contaminantes que existen y que más perjudican el medioambiente. «No solo eso: además va en contra de tendencias anteriores a la pandemia, como la supresión de vuelos de corto recorrido relativo (entre una hora y una hora y media) entre capitales europeas bien conectadas por alta velocidad ferroviaria, y la vergüenza de volar que transmitían ciertos movimientos ecologistas (como el flygskam), que calaba en la población de varios países con conciencia medioambiental (algunos estados nórdicos y centroeuropeos, principalmente)», concluye Díaz. De momento, en las redes sociales las críticas aumentan ante estos vuelos aparentemente innecesarios, y algunas compañías se plantean compensaciones de carbono para aliviar su impacto o el uso de aviones que produzcan menos emisiones. 

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