Parte del origen de la discriminación contemporánea hacia el colectivo LGTBIQ+ podría encontrarse en procesos históricos relacionados con la construcción social del género y con las jerarquías de poder entre lo masculino y lo femenino, un fenómeno que no puede entenderse únicamente desde el presente y que respondería a estructuras culturales configuradas siglos atrás, según Ángel García.
García plantea que uno de los posibles puntos de partida de este proceso podría situarse entre los siglos XV y XVI, coincidiendo con el auge del teatro occidental moderno. Durante ese periodo, explica el autor, las mujeres estaban relegadas a un papel social limitado, sin acceso a espacios de representación pública ni participación política. Esta exclusión generó una paradoja en el ámbito teatral: los escenarios necesitaban personajes femeninos, pero las mujeres tenían prohibido interpretarlos. Ante esta situación, fueron los hombres quienes asumieron esos roles, empleando vestimentas y gestualidad asociadas a lo femenino, una práctica que el autor vincula con el desarrollo posterior del transformismo escénico y del concepto cultural del drag.
Desde su planteamiento, aquellas representaciones no solo suplían una ausencia, sino que también contribuían a reforzar estereotipos propios de la mentalidad de la época. García sostiene que muchos de esos papeles caricaturizaban el rol social de la mujer, limitándolo a funciones domésticas o subordinadas, lo que ayudó a consolidar una jerarquía cultural en la que lo masculino se asociaba al poder y lo femenino a posiciones consideradas socialmente inferiores.
A partir de esta base histórica, el autor interpreta que el rechazo hacia la denominada “pluma” o amaneramiento podría entenderse como una prolongación de esa estructura simbólica. Según su reflexión, la feminización de un hombre no se percibe únicamente como una expresión estética o identitaria, sino como una ruptura del modelo tradicional de masculinidad dominante. En ese marco cultural, adoptar rasgos considerados femeninos podía interpretarse como una pérdida de estatus dentro de una sociedad profundamente influida por valores patriarcales.
García vincula esta interpretación con la mayor estigmatización que, en determinados contextos, han sufrido los hombres gais que presentan expresiones de género más visibles o alejadas de los estándares masculinos tradicionales. No obstante, el propio enfoque admite que la discriminación hacia las personas homosexuales responde a múltiples factores históricos, sociales, religiosos y políticos, por lo que esta lectura se plantea como una posible aproximación explicativa dentro de un fenómeno complejo.
El autor extiende esta reflexión al ámbito artístico, especialmente al de la danza en pareja. García observa que, tradicionalmente, los roles coreográficos han reproducido una división simbólica en la que la figura asociada a lo masculino proyecta liderazgo y fuerza, mientras que el papel vinculado a lo femenino enfatiza la dependencia o la ornamentación estética. Aunque esta distribución responde en parte a criterios técnicos, el autor considera que también refleja patrones culturales que han influido en la percepción del público. Según su análisis, la ruptura de estos esquemas, por ejemplo cuando un bailarín adopta un rol feminizante o altera la jerarquía visual tradicional entre los integrantes de la pareja, puede generar resistencias derivadas de modelos culturales profundamente interiorizados.
Otro elemento que García señala como determinante en la construcción histórica del rechazo hacia determinadas expresiones de género es la influencia de las instituciones religiosas en la regulación moral de la sexualidad. El autor sostiene que, durante siglos, la condena de las relaciones entre personas del mismo sexo como conductas contrarias al orden divino favoreció la invisibilización de la diversidad afectivo-sexual y reforzó la represión de expresiones de género no normativas. Desde esta perspectiva, plantea que la necesidad social de ocultar rasgos considerados afeminados pudo convertirse en una estrategia de adaptación para evitar la exclusión social, aunque reconoce que resulta difícil determinar hasta qué punto esta dinámica habría modificado los niveles estructurales de discriminación.
Las reflexiones de García también abordan la percepción social de las identidades trans. Según su interpretación, en determinados contextos culturales la transición de mujer a hombre puede interpretarse como un acercamiento a roles históricamente asociados al poder social, mientras que la transición de hombre a mujer puede enfrentarse a mayores niveles de rechazo al vincularse simbólicamente con una renuncia al privilegio masculino. El autor subraya, sin embargo, que estas percepciones varían según factores culturales, generacionales y geográficos, lo que evidencia la complejidad del fenómeno.
En su planteamiento global, García sostiene que parte del rechazo histórico hacia la diversidad sexual y de género podría estar relacionado no solo con la orientación afectiva, sino con la transgresión de una jerarquía simbólica que ha situado tradicionalmente la masculinidad como eje del poder social. Desde su punto de vista, comprender estos procesos históricos y culturales permite analizar con mayor profundidad los mecanismos que han configurado la discriminación contemporánea y abre el debate sobre cómo cuestionar estructuras simbólicas que aún permanecen presentes en la sociedad actual.
